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La ambición de la muerte

   Se desestima con frecuencia el poder de la ambición. ¿Por qué casi nunca no nos preguntamos sobre los peligros que la ambición nos plantea, especialmente cuando esta abusa del dolor ajeno?

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   Vemos a diario guerras, conflictos armados, corrupción, abuso de poder, magnates y multinacionales quienes por su ambición y codicia provocan daños al medio ambiente y a las personas, daños que son irreparables en la mayoría de los casos.

Cabeza de turco

Siempre se busca echar la culpa a quien sea: al político de turno, al tirano, al plutócrata o hombre de negocios, magnate, rey, al militar, al medio de comunicación, al delincuente y porque no – al hombre corriente. Lo último menos. Bien decía Pérez Reverte: el mejor amigo del hombre no es perro, es la cabeza del turco. Miles de años de historia aun no nos enseñaron mirar la causa y apagamos los efectos, cuando ya es demasiado tarde.

La ambición es buena, escuchareis hablar al psicólogo de turno o al presentador de algún programilla divertida. ¿Pero qué pasa con el ambicioso que te quiere quitar el dinero, la casa, la novia, que te ensucia el rio y te hecha basura cerca de tu casa? ¿Y con aquel que te está contaminando el aire? ¿Qué pasa con aquellos ambiciosos que provocan guerras en las que morirán miles y millones de personas? Pues esos son unos hijos de su madre, – diréis probablemente, – y tienen la culpa de todo. Pero esta gente sigue patrones impuestos en nuestra sociedad, unos patrones que dicen que ser rico y ambicioso está muy bien, porque te trae la riqueza y el respeto. No, no los justifico: los explico.

Los conquistadores ambiciosos

Se sigue admirando a ambiciosos conquistadores como Alejandro Magno, Julio Cesar o Napoleón, a pesar de haber empapado estos la tierra con toneladas de sangre, para satisfacer sus ambiciones personales, claro. Este tipo de ambición aún se alaba hasta en las universidades, en los lugares del trabajo y entre amigos. La ambición, la ciega ambición que tanto daño hace al género humano y sobre la cual Oscar Wilde decía que el último refugio del fracaso. A mí, a veces me da la impresión que la ambición en muchos casos es una especie de venganza por no poder vivir plenamente.

El brillante filósofo alemán A. Schopenhauer (El amor, las mujeres y la muerte) consideraba la ambición, junto al deseo, los celos, la envidia, el odio, la avaricia, como parte del sufrimiento que apartaban de la paz y de la contemplación desinteresada. Sin estas la felicidad, por supuesto, la veía como imposible.

 

Hallamos nuestras ventajas en el perjuicio de nuestros semejantes

Solomon mucho antes aconsejaba no ambicionarse con el trabajo duro con el propósito de enriquecerse, al contrario de los meritocratas de los siglos XVIII y XIX quienes pregonaron lo contrario. A su vez Rousseau llamo a la ambición “la facultad de perfeccionarse”, la cual se convierte a la larga en “el tirano de sí mismo”. Comprendió, al igual que Montaigne, que: “hallamos nuestras ventajas en el perjuicio de nuestros semejantes y la perdida de uno conlleva casi siempre la prosperidad del otro. … Pero lo que es aún más peligroso – decía – es que las calamidades públicas constituyen casi siempre la espera y la esperanza de una multitud de particulares: unos quieren enfermedades, otros quieren la mortandad, otros la guerra, otros el hambre. He visto a hombres malvados llorar de dolor ante las apariencias de un año fértil, y el grande y funesto incendio de Londres, que costó la vida o los bienes a tantos desdichados, hizo la fortuna quizá de diez mil personas”.

Fue Rousseau – por lo tanto – quien pidió dar más poder al Estado en su Contrato Social y no solo allí, en contra de las sucias ambiciones y los deseos desplazados de los particulares. La izquierda recogió posteriormente este consejo con nefastas consecuencias no solo en la Unión Soviética, sino en la China, Corea del Norte y otros países, y casi siempre en detrimento del libre pensar. Decimos esto sin quitarle sus méritos a este poder.

El gobierno del hombre

No podemos pasar por alto, hablando sobre la ambición, a Eduardo Galeano (en este caso su obra “Las venas abiertas de América Latina”), quien entendió perfectamente la relación de las cárceles y la “libertad de los negocios” o, con otras palabras, la descontrolada y ciega ambición humana (cito): “Cuanta más libertad se otorga a los negocios, más cárceles se hace necesario construir para quienes padecen los negocios”. Galeano entendió muy bien el proceso de dominación del capital sobre los pueblos y que el bienestar de las clases dominantes es “la maldición de nuestras multitudes condenadas a una vida de bestia de carga”. Pocos, sino nadie, pudieron explicar tan bien el sufrimiento de una parte del mundo (América Latina en este caso) que se debe al afán de riquezas y las ambiciones de otra parte del mundo (EE UU, Europa Occidental, Japón etc.).

  Es, por otro lado, por las ambiciones de los hombres de Estado porque los países se preparan y van a las guerras. Para ello se hinchará el nacionalismo y el chovinismo. Es por la ambición de unos que a los más débiles intelectualmente y moralmente se les adoctrina y lava los cerebros. Platón entendió bien que este es un callejón sin salida y abogaba por un gobierno de filósofos, que tampoco sería posible por las desavenencias que surgirían entre estos.

La ilusión de conocer la verdad
La ambición

La ambición es por lo tanto forzar, y así violar lo natural. Pero el que fuerza lo natural no puede conocerlo y percibirlo de veras porque acaba de destruir ese estado natural de las cosas. Es por eso que la ambición es una cualidad muy perjudicial para la sabiduría. Le falta contemplación para ello. El ser ambicioso puede, por lo tanto, conocer la realidad que se ha producido, pero no puede “poseer” la esencia natural de las cosas. ¿Sera por eso porque el ambicioso y el rico nunca puede ser sabio? Al menos así consideraba Seneca, y Jesús mantenía que un rico difícilmente llegará al Reino de Dios. La Biblia nos habla de cómo domar la ambición, pero desconsideramos estas lecciones por muchos motivos, por los prejuicios, por ejemplo.

   Si resumimos este tema en un par de palabras y todo este delicado asunto, serian solo unas preguntas: ¿es verdad por lo tanto que casi nunca no nos cuestionamos sobre los peligros que la ambición descontrolada nos plantea, especialmente cuando un ser humano abusa del otro a diario? Porque resulta que en vez de sacrificarse uno por el bien general, en la mayoría de los casos se sacrifica por las ambiciones de la clase dirigente: por los políticos, caciques, magnates y todo tipo de potentados.la ambición ciega

El entusiasmo desenfrenado y la ambición ciega

El entusiasmo desenfrenado y la ambición ciega siempre serán bienvenidos y promovidos en nuestro corruto mundo, pues esas cualidades miran solo hacia adelante en esta carrera de la vida porque no quieren y tienen miedo mirar hacia atrás y ver lo que han hecho. No importa que pasa o por donde se pasa; no se tiene miramientos, ni remordimientos. Tampoco se piensa mucho. La ambición mueve el mundo hacia el caos con su locura y así esos seres humanos se sienten vivos, estando de hecho ya muertos por dentro. Poco importa si se va al precipicio.

Resulta que el hombre es un animal desbordado por su ambición y ahora esperamos nuestra probable y cercana autodestrucción. Resulta que el hombre es hombre y no entra en el equilibrio natural. En cuanto a mí me concierne, considero que el género humano no es capaz de frenar el problema de la ambición sin un camino espiritual, sin la guía de un Intelecto Superior: sin Dios.

El entusiasmo desenfrenado y la ambición ciega siempre serán bienvenidos y promovidos en nuestro corruto mundo, pues esas cualidades miran solo hacia adelante en esta carrera de la vida porque no quieren y tienen miedo mirar hacia atrás y ver lo que han hecho. No importa que pasa o por donde se pasa; no se tiene miramientos, ni remordimientos. Tampoco se piensa mucho. La ambición mueve el mundo hacia el caos con su locura y así esos seres humanos se sienten vivos, estando de hecho ya muertos por dentro. Poco importa si se va al precipicio.

Resulta que el hombre es un animal desbordado por su ambición y ahora esperamos nuestra probable y cercana autodestrucción. Resulta que el hombre es hombre y no entra en el equilibrio natural. En cuanto a mí me concierne, considero que el género humano no es capaz de frenar el problema de la ambición sin un camino espiritual, sin la guía de un Intelecto Superior: sin Dios.

 

El entusiasmo desenfrenado y la ambición ciega siempre serán bienvenidos y promovidos en nuestro corruto mundo, pues esas cualidades miran solo hacia adelante en esta carrera de la vida porque no quieren y tienen miedo mirar hacia atrás y ver lo que han hecho. No importa que pasa o por donde se pasa; no se tiene miramientos, ni remordimientos. Tampoco se piensa mucho. La ambición mueve el mundo hacia el caos con su locura y así esos seres humanos se sienten vivos, estando de hecho ya muertos por dentro. Poco importa si se va al precipicio.

Resulta que el hombre es un animal desbordado por su ambición y ahora esperamos nuestra probable y cercana autodestrucción. Resulta que el hombre es hombre y no entra en el equilibrio natural. En cuanto a mí me concierne, considero que el género humano no es capaz de frenar el problema de la ambición sin un camino espiritual, sin la guía de un Intelecto Superior: sin Dios.


El beso de la muerte

De la ambición hemos abusado igual que del alcohol y las drogas. Las tres cosas prometen desde el principio más de lo que dan. Por lo tanto, la peor resaca es la de ambición, porque suele coincidir con el beso trivial de la muerte, cuando ya no se puede cambiar nada en un ser humano.

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