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La esclavitud legalizada: una historia real


esclavitud
  Son las 5:45 de la mañana. Un grito de puro corte militar es proferido en el dormitorio de unas 60 personas: ¡A levantar! Unos instantes antes se encendió la luz. Empieza un nuevo día en la cárcel de Rafalovka, donde existe la forma mas perversa de esclavitud moderna. 

  Muecas distendidas y desencajadas se levantan sobre el nivel general de los catres carcelarios bien enfilados. Los novatos aún exhiben expresiones de espantada indignación, pero los presos más antiguos callan tranquilamente o articulan leves insultos sobre la demoledora rutina.

  Es el despertar general. No es para el trabajo (aún no), sino para el ejercicio físico común obligatorio. Es un ritual heredado de las cárceles soviéticas, perpetuado por influyentes potentados públicos de corte militar, o milicianos imperiosos y autoritarios, que en Ucrania vienen a ser lo mismo.

Union Sovietica

  El ejercicio físico está supuestamente “calculado” para inspirar entusiasmo en este regazo de la esclavitud, lo mismo que se puede observar en los documentales sobre soviéticos de los años 50: el goce severo, la pulcritud mental y la embriaguez de las empresas públicas bien organizadas. Pero nada de esto se consigue. En su lugar se percibe falta de sueño, flácido cansancio, simple enojo y completísima desgana. Lanzamientos mecánicos de brazos y piernas, inclinaciones rutinarias, faltas de vida, empujadas por la obligatoriedad y la mirada severa y vigilante de algún carcelero de turno. El sonsonete de la megafonía interna local rechina: uno, dos…, tres…, cuatro… No hay unísono, por supuesto que no. Sólo movimientos desmadejados, rotos de la voluntad propia; la gimnasia sólo se hace para cumplir y no ganarse la “portería”, el famoso lugar que todo preso evita a toda costa. Es el sitio donde los insumisos se dirigen a empujones y donde, con toda probabilidad, se les administrará un par de mamporros, eso como poco.

escarnecimiento

        Estamos hablando una cárcel extraoficialmente llamada “roja”, supongo que será por su semejanza con el régimen totalitario soviético. Una “cárcel roja” significa que los funcionarios de prisiones de aquí tienen el poder absoluto de hacer lo que les da la gana. Es la expresión del orden subyugante de un Estado cruel, propiciado por el poder. Existen docenas de cárceles así en Ucrania (aunque las otras tampoco son mucho mejores). Significa también la “cárcel roja” un régimen estricto, atropellante, la prepotencia de un ser humano sobre otro ser humano. Significa el lugar en el cual el preso no tiene ningún derecho, sólo quizás el derecho a callarse. Es una dictadura, una dictadura legalizada. La ley viene, a fin de cuentas, a estar al servicio de las sucias ganas de poder. La ley puede ser utilizada para cualquier propósito en día de hoy.

Volveremos al patio de la cárcel de Rafalovka. La vestimenta de los prisioneros (obligatoria) ha de ser de color oscuro e, imprescindiblemente, sin tonos (colores) variados. Cualquier diferenciación se castigará duramente y se eliminará. Los colores vivos, y todo lo que reflecte individualidad: están prohibido. El tono general es gris, aunque la impedimenta oficial (repartida por el Estado) es negra. Predomina el negro y es ostentosamente preferente en el uniforme del interno, como también en los ánimos. Nada tiene que recordar alegría: sólo tienes derecho a sufrir, a lo bestia. El gorro es obligatorio, pero no pregunten por qué, pues no tiene respuesta. Lo exige un reglamento supuestamente hecho hace tiempo por unos hombres para otros hombres, también seres humanos. La idea de que el sentido común es el menos común de los sentidos adquiere aquí sus cuotas máximas.

Escarnecimiento

esclavitud  Un ejército roto de proles pobres y quinquis siguen haciendo acto de presencia en el patio, pues en Ucrania los ricos por regla general tampoco van a la cárcel o van a una cárcel mejor. Mirándolos de cerca entiendes el significado de la frase célebre de George Orwell: “Mientras no sean conscientes, no se rebelarán y mientras no se hayan rebelado, no serán conscientes”. No son conscientes porque no saben con qué comparar todo esto. La mayoría de ellos no han visto nada en su vida, no salieron de su provincia, por no hablar de su país. Algunos ni siquiera saben leer. Conocí a uno que no sabía contar solo hasta diez. Si les preguntas de qué se quejarían, no podrían concretar. Carecen casi de cualquier conocimiento, carecen de ideas generales, carecen de educación sobre sus derechos y creen (los han convencido) que deben carecer de cualquier derecho. El poder cautivante, astutamente dirigido por el “rey” local ha conseguido el sometimiento. Es una extraña sumisión que ellos creen la materialización de la “Ira del Estado”, otros de la “Ira del Destino” y otros, quien sabe de qué… Los ojos son tristes, los párpados caídos, las ojeras de los presos parecen pesar por una especie de mansedumbre inalcanzable a la descripción. Lo más cercano a ello serían los párpados y ojeras caídos de un alcohólico o de un indigente viejo, acostumbrado a ser echado a escobazos de todas partes.

  A gentes así se les puede forzar a aceptar las violaciones más flagrantes de la realidad, pues la historia de los estados totalitarios se demuestra capaz de paralizar el espíritu humano. Y aquí en Rafalovka existe un mini estado totalitario –el estado carcelero–. He visto gentes que miraron a todo esto con ojos y ánimos consternados, aceptando lo inaceptable, creyendo lo increíble, imbuidos de ira condimentada con resignación.

escarnecimiento

Una pequeña parte del régimen carcelero riguroso es el recuento. Dos veces al día: por las mañanas a las 6:30 y por las tardes a las 17:00. Lo mínimo es media hora cada vez. En filas de 4 o 5, por supuesto. Rectos, a lo militar. Vestidos de oscuro, como siempre. He oído que hubo gentes que perdieron el conocimiento por el calor veraniego, aunque también por la mala alimentación (esto se merece un capítulo aparte). Imagínense un invierno, con un mes y medio llegando a -20º (temperaturas alcanzadas a primeras horas de la mañana, justo cuando el recuento). Imagínense este horror y luego multiplicadlo por cuatro. No habrá exageración. Aquello hay que sentirlo, contarlo serviría de poco.

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  De la historia sabemos que la extrema violencia de un estado totalitario es capaz de paralizar un espíritu humano. El totalitarismo local de esclavitud consiguió la sumisión de esta masa desangelada de gentes. Las voces desentonantes son eliminadas del escenario con una eficacia digna de admiración. La ley, si hace falta, echará una mano. Las quejas no pasan del territorio provincial. Pero también se cuenta que, aún si llega a la capital, da lo mismo pues el país entero esta carcomido por una corrupción total. El gurú carcelero (el más grande de los boquis locales) sonríe despectivamente y con despecho cuando alguien se atreve a expresar su deseo de promover alguna queja. Su sonrisa cuenta que está apoyado de muy arriba y que es absolutamente inmune a cualquier escándalo. Es “rey” de por vida o, al menos, de ello está seguro. ¡¿Será el negocio redondo que es una cárcel así lo que les protege tan bien?! El aura de poder que detenta la presume inquebrantable. La excitación, el éxito los lleva impresos en su poco arrugada frente, como un sello estatal legítimo. Se gusta a sí mismo y se admira en el trance del poder. “Los mayores criminales se forman de los que tienen en su mano la autoridad” –nos decía Platón en sus Diálogos. He leído en un libro (no recuerdo en cual) que es el dinero, en realidad, la droga más potente. Yo creo que la droga más potente es el poder. El poder, que nos deja la falsa impresión de que por fin estamos al control de los acontecimientos, que somos dioses, criaturas majestuosas, divinas; ese poder que Erich Fromm nos decía que tiene sus verdaderas raíces en la debilidad, y no en la fuerza como erróneamente se cree.

 

 

 

 

 

carcelero
El zar supremo carcelero

  El poder del “zar-carcelero-supremo” es omnipotente en este lugar. Él manda, él dirige, él corta. En cuanto a mí, no he visto otra persona más enganchada al poder que este faraón provincial, amante de la esclavitud ajena. Ni siquiera el dinero le atrae. Es puro voluntad y ambición. He oído que es un trepa, nada más. Pero yo creo que es mucho más que eso. Helo ahí, en actitud dominante, como si con su conducta aniquilara cualquier gesto de los presentes, impugnándolos con su rigor, de manera vejatoria. Su cara pétrea, de rubí, viva, con un rubor permanente. Su mirada tiene aquella sombra escalofriante que tiene una víbora después de asestar una mordedura fatal, una seguridad absoluta de que su víctima perecerá, se arruinará. No se puede leer casi nada más en su cara, quizás algo de duda y orgullo inamovible. Es el señor al que le gusta someter a su propia voluntad los avatares del régimen carcelario. Por el poder que le ha sido concedido quiere estar al mando de las circunstancias y del tiempo, especialmente del tiempo ajeno. Es él quien decide a quién le llegó el tiempo de salir y quién aún tiene que servir (trabajar gratis) para poder salir, o beneficiarse de sus posibilidades legales. Sus epígonos básicamente se dedican a seguirle la corriente.

  La iniciativa propia está mal vista. Lo humano, las cualidades de tendencia humana, brillan por su ausencia, pues son miradas como signo de debilidad. Los carceleros en Ucrania llevan uniforme militar; el preso es el enemigo a batir. Y con el enemigo no se puede ser condescendiente, ni tampoco humano…

totalitarismo

Stalin y Hitler no han muerto

  A la gente le gusta creer que Stalin y Hitler eran excepciones de la historia del siglo XX. Pero ni Stalin, ni Hitler hubieran existido si no tuviéramos Stalin y Hitler dentro de nosotros, especialmente cuando tenemos poder. Los dos aún viven en nosotros. Ahora mismo viven su buena materialización en Ucrania y en esta forma de esclavitud, en la cárcel de Rafalovka, pero también en otros lugares de nuestro bonito país. El Stalin provincial no está solo, tiene al lado a sus secuaces, listos para ejecutar, sin pensar, sin remordimiento ni sentimiento alguno.

  Sólo vivimos otros tiempos, pero los hombres son los mismos que sirvieron a los dos dictadores más terribles de la Historia. Lo que estoy contando les parecerá exagerado aunque, lamentablemente, es una realidad. A mí mismo me gustaría creer que todo esto es alguna forma perfeccionada del autoengaño psicológico. Pero no lo es, y la cosa no acaba aquí.

  Vasili Grossman consideraba que “cada época tiene una ciudad que la representa en el mundo, una ciudad que encarna su voluntad y su alma”. Mis peores miedos me dicen que esta villa del secuestro legalizado representa en este momento a mi desgraciado país, metido en guerra contra sí mismo (no me refiero a la guerra con Rusia).

  Acabaremos con el recuento del que hablábamos antes. Largos minutos (más de 30) se pierden mientras el recuento se lleva a cabo, a desgana, por el funcionario de uniforme militar. La cúpula del aparato retentivo carcelario se junta enfrente del módulo X, en la calle, para hacer gala de sus rituales y formalismos castrenses, sin ocultar la satisfacción recibida de tales afectaciones. El gallardeo es en realidad el resultado del adoctrinamiento. La costumbre lo convirtió en algo natural, coloreado por la espontaneidad a veces. La minuciosidad deja en el aire un perfume de exactitud mecánica, venida a consolidar la seguridad en sí mismo. Es el espectáculo del sinsentido legalizado, aquí, al igual que en Asia u otras partes del mundo.

  El recuento es un también un rito venido a inundar al funcionario de turno con una felicidad radiante, aunque forzosamente oculta por él mismo. “Él, el que allá afuera es insignificante, aquí dentro es el señor, manda a aquéllos que allá afuera son temidos” – parece decir su voz interna. Los presos, en filas de 5, para mayor humillación, deben moverse en 2 pasos menudos cuando el funcionario los cuenta. Se cuenta a los hombres igual que a las vacas o, al menos, este es el sentimiento que se percibe en esta capital europea de la esclavitud.

  Al pasar el recuento aún no es el tiempo de ir al trabajo. El trabajo empezará dentro de dos, tres horas. El despertar temprano es parte del régimen (fruto del fanatismo militar) severo y orientado, supuestamente, a “reformar” al individuo. Es otro atavismo, cuidadosamente guardado en la sombra del poder maléfico dominante. Es otra forma de inclinar hacia la esclavitud del espiritu. Hasta ir a comer se perderá tiempo (uno hora y media), tiempo que no debería quitarse del sueño del preso, –es un sinsentido, – pero el sinsentido es la nota predominante en el lugar en que al ser humano se le quiere arrebatar la dignidad, lo último que le queda a un hombre llegado a tales extremos.

  Orwell nos enseñaba que el poder que los potentados quieren radica en hacer trizas la mente humana para volver a remodelarla en la forma que se elija. Aquí está el delicado secreto que ocultan muchos regímenes políticos.

  El preso está marcado por una chapa (placa) con su apellido e iniciales. Una chapa de papel plastificado. Es en realidad el equivalente del número tatuado de los campos de concentración de la segunda guerra mundial, la desconfianza materializada e inscrita. Es como decir: “No nos fiamos de ti y tenemos que marcarte y tenerte localizado a ojo”.

  El corte del pelo: rapado al cero, es obligatorio. Afeitado, también obligatorio. Ir al comedor –comas o no– obligatorio.

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  Sólo se permite una ducha a la semana. El hecho de que se trabaje a diario es irrelevante en este sentido. La peste proveniente del sudor sobreabunda. Los servicios funcionan sin agua, son pestilentes, con excrementos apilados.

  El gimnasio brilla por su ausencia. No existe, además de esto, no hay ningún lugar tranquilo donde uno pueda sentarse en silencio, descansar, leer algo, recogerse del constante barullo. La música suena invariablemente, sin parar, por la megafonía central y también por la radio oficial, que vienen a ser la misma cosa.

  Al acabar el recuento, el reglamento empieza a proclamarse por la radio oficialista. Una voz mecánica y chirriante anuncia este reglamente interno, una hora por la mañana y por la tarde también, después del recuento. Es decir, un total de 2 horas al día. En realidad este soniquete es un inducir sutil de que no hay otra posibilidad para escoger, sólo un mudo obedecer, sin replicar… La repetición hará su efecto. La intención detrás del acto es el cansar moralmente, es una hipnosis para la conciencia, un sueño, forzado por el sobrecansancio y la reincidencia asidua de los rituales presidiarios, es un atar con lo absurdo para despachurrar el espíritu aun milagrosamente vivo de los hombres, de esta gente sin cara…

totalitarismo

Totalitarismo en miniatura

Después de que la voz, mórbida a propósito, nos dice cómo debemos portarnos para que la sociedad vuelva a acogernos en sus brazos y amarnos hasta más no poder, discúlpenme la ironía, hace su aparición un himno de tintes nacionalistas, llamado “sagaidach”, que quiere expresar un triunfalismo enardecedor para una causa nacional sin definir, una energía bruta, desorientada, pero bien dirigida por fuerzas superiores, difíciles de definir (sólo es posible intuirlas). Notas de austeridad apoyadas por las expresiones severas de los esclavos estatales, incondicionales, imperturbables en su irreflexión (los funcionarios).

  El servilismo de unos internos convertidos a esta forma de esclavitud y que viven así, se convierte en normalidad aceptada de antemano. Muchos presos llevan grabado en la frente una especie de indignación apagada por la realización de la derrota, una consternación mezclada con crispación, es de suponer que nace por no entender lo que sucede. Un poder obtenido así reside en la constancia del reprimir, la humillación repetida, metida en hábito. El desmoralizar, ensayado, heredado y recibido de los antecesores estalinistas y pseudo-comunistas llega a tocar la perfección, pues las masas grises lo consideran merecido.

  El individuo de este modo ha sido borrado. El remodelar de la mente ahora es fácil. Los ánimos han sido hechos trizas. La inteligencia sigilosamente dirigida ha dado su fruto. Ya tenemos al esclavo que queríamos: maleable, sin ánimos, ni animosidades; obediente, ya puede dirigirse hacia el trabajo en su marcha militar. Sólo queda un leve alivio de que todo esto es transitorio. Es un alivio que se ensaya a diario por el preso, empujado por el instinto de sobrevivir.

esclavitud mental

La tortura del sinsentido

  El desplazamiento, por tanto, ha de ser en marcha militar. Así se va a cualquier sitio una vez que sales del módulo. Cada 25 metros te recoge otro guardia, delante del cual hay que parar. La marcha también es en filas de 5. No hay confianza con el preso. El ojo orwelliano que todo lo ve aquí es humano. Cada paso es vigilado, controlado, medido… La ciudad de Orwell está servida.

Siempre tienes que estar abrochado, en estas ropas deprimentemente oscuras (aunque haya afuera +40ºC) delante del caporal o teniente, quien también quiere ser importante. (¿Para qué se ha hecho funcionario de prisiones, sino para ser alguien importante?) Y no se te ocurra tutearlo. Por eso puedes recibir un mes de aislamiento y unas cuantas porras, “por si los caballos tienen sed”.

  “El diablo está en los detalles” – nos explica una olvidada sabiduría popular. En el lugar en el cual nos encontramos este tópico encaja perfectamente. Si desmenuzamos en detalle lo que ocurre en estos centros de aborregamiento, posiblemente no sería tan estridente, si lo comparamos, por ejemplo, con los centros penitenciarios de Asia, África o América del Sur. A nadie parece importarle que nuestra base de comparación no debería ser lo más vergonzoso del género humano y luego, es que el “infierno” se desencadena por detalles minuciosamente acumulados por los “padres del régimen”, que son sigilosa y cadenciosamente perpetrados en la vida del preso, asegurándole una existencia al límite del desquiciamiento psicológico y, muchas veces, incluso rebasándolo. Este es el psique perfecto para volverse cruel. La tensión ha de ser continua, sin descanso, a no ser que es de noche (la noche si es descanso, pero es para que puedas trabajar al otro día, no por buena voluntad).

tortura psicologica

Tortura con ruido y otros ingeniosos “inventos utiles”

  La música aquí es también traída al servicio de la uniformidad. Repica rechinante y molesta, en la megafonía central – un añejo y triste evocar de un pasado nada enorgullecedor en realidad. He oído melodías que afuera simbolizan sentimientos de belleza, pero intramuros los sentimientos y emociones cambian, especialmente cuando esta música está al servicio de generalizar o nivelar; es como decir: aquí lo tenéis para todos. En realidad, el motivo real que está detrás de ello es algo más sutil. “No hay descanso para el malvado” – ironiza una cita de Truman Capote en su “A sangre fría”. Este es el verdadero sustrato detrás de la intención. No hay descanso para el malvado… el pobre, el desgraciado, el aún más envilecido prisioniero de la esclavitud.

  Una persona cuerda se preguntaría: ¿Y por qué no le dejan simples radios pequeñas con auriculares? ¿O mp3? Al menos unos CD-players… ¡Si a nadie le importa que la seguridad los verifique antes! Pero esta pregunta normal y corriente afuera, aquí adentro suscitaría sólo sonrisas irónicas y sarcasmo con sorna; y es que en las cárceles de Ucrania, el sentido común hace tiempo que murió. No se percibe ni siquiera la “diferencia de lo verdadero y falso”, porque al igual que en la obra citada (1984) “carece de importancia”. Sí, es una pura ciudad orwelliana, no me paso ni un pelo… Aquí también, como en la ciudad orwelliana, “desconectado del mundo exterior”, el preso “es como un hombre suspendido en el espacio interestelar, que no tiene modo de saber en qué dirección se sube o se baja”. Curiosamente, la obra mentada testifica que “los gobernantes de un país así son más absolutos delo que pudieron ser los faraones o los césares”. Y no se equivoca esta cita tampoco. El faraón local tiene aquí el poder absoluto. Los súbditos y secuaces temen a la corrupción siendo corrutos, pues la intención subsiste. Su cobardía, la de los súbditos, una vez más se hace notar.

  Sería exagerado decir que no existe la corrupción, si existe, pero muy a escondite, temiendo mucho al “reyezuelo”. Aquí también la “cúpula” aparentemente lleva una vida “austera y laboriosa”. Y sí, es verdad también que “una sociedad jerárquica sólo puede sostenerse sobre una base de pobreza e ignorancia”; el terror y el miedo aparte, por supuesto.

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  Se rumorea que existe una orden “de arriba” sobre “soltar” a la gente que no tiene parte disciplinario, en libertad, acción típica en vísperas de elecciones parlamentarias, acción que supuestamente favorece al preso y también, cómo no, al político. Pero al “rey comarcal” esta iniciativa le indispone, pues se quedaría él mismo sin varios trabajadores (esclavos, en realidad) mansos y valiosos. Por lo tanto, se prohíbe (acción bien premeditada) a los ordenanzas –en un caso aparte– dejar abierta cualquier cosa: la cocina (en la cual no se puede cocinar), por ejemplo. ¿Por qué? –se preguntaría cualquier portador del mínimo sentido racional. La respuesta es fácil: de este modo pillará a los ordenanzas desprevenidos, les meterá un parte disciplinario y ¡zas!, ya tiene al tipo obediente – por un par de añitos más – disponible. Un esclavo en toda regla. Es una trampa de las que cuentan por miles, aunque, por lo habitual, esas triquiñuelas se dirigen a individuos quienes, aunque no quieren, trabajan por 3 euros al mes. Acontecimientos menores como este cuestan al presidiario años de libertad, porque con un gesto así de pequeño se le quita la posibilidad de salir antes, perdiendo los beneficios penitenciarios legales que le corresponden. Es un tipo de trampa de los que hay por cientos en todas las cárceles, no sólo en esta. Pero especialmente es un delito perpetrado por el funcionario de las “cárceles rojas”, un delito que la ley permite.

  En este tipo de cárceles, por ejemplo, cuando un preso se presenta delante de un funcionario tiene que proferir sus datos: fecha de nacimiento, nombre, apellido, artículos por los cuales fue juzgado. Un rito del ejército. Las manos atrás, para que el preso se sienta expuesto si el funcionarucho quiere administrarle una paliza al estómago, “evento” que ocurre a diario y en varios lugares de esta y otras prisiones parecidas. Las quejas del preso no tienen resonancia, pues se cree al funcionario mil veces antes que al presidiario. La palabra de un preso no vale nada…

  ¡Atención, levantaos! – es el grito que tiene que vociferar el ordenanza de turno cuando entra “su majestad” (el caporal de turno). ¡Levantad! Incluidos los desvalidos, impedidos físicos y enfermos. Todos, unas 60 personas que viven en un mismo dormitorio. Especialmente si entra el “reyezuelo”. La pequeñez de la personalidad del funcionario se hace patente. Rendirles pleitesía y, si es posible, hasta culto, son modales imprescindibles y obligatorios para el presidiario.

  Lo diré sin reparos ni tapujos: El funcionario de prisiones es un ser cobarde como regla, porque aquél que pega a sabiendas de que no existe la posibilidad de que se le responda, posee el bochornoso don de la cobardía. Si un preso pega a un funcionario, aunque sea en contestación al golpe de éste, el dicho preso debe olvidarse de cualquier tipo de libertad condicional y otro tipo de beneficio penitenciario y quedar en esta esclavitud. Eso en primer lugar, pero después, aparte, tendrá otra causa criminal, es decir, unos cuantos años más de cárcel, por no hablar de las palizas de recibirá.

  En estos tristes lugares no existe prensa, a no ser un periódico de corte oficialista. Es una revista que muestra al preso arrepentido y consternado. El preso, cuando lee algo unidireccional, se cree –aún se cree– como en los tiempos de Stalin se creía, que el preso pensará en la dirección oficial necesaria. No se puede leer prensa libre, pues el preso no debe pensar libremente, no tiene el derecho de hacerlo. Luego, no puede contar su infierno. Está prohibido. El miedo, nos dice la psicología moderna, bloquea el pensamiento. Ha de ser, por lo tanto, la nota predominante. No hay que darle respiro al preso. Siempre presionarlo, siempre perseguirlo, humillarlo, quemarlo psicológicamente. Matarlo por dentro, desmoronar las columnas en las cuales se sostiene un alma. Esto sólo se percibe sutilmente; y menos sutilmente en algunos casos. Dependiendo de lo que se trata…

  La palabra libre está maniatada en estos tétricos lugares, – especialmente la palabra de un preso, – porque un presidiario podría susurrar molestas verdades. Gandhi decía que se obtiene justicia cuando se comienza a ser justo con la parte contraria. ¿Existe, por lo tanto, siguiendo la misma lógica, justicia en un lugar donde al preso no se le da la palabra? Y no se le da la palabra porque su palabra delataría el gran entramado legal urdido por lo general alrededor del pobre materialmente, aunque ahora también la nueva modalidad de extorsionar al rico. En la prisión preventiva de Ucrania, como un ejemplo de muchos, la comunicación del preso –vía teléfono o carta– con el mundo externo está prohibida, especialmente en preventivo. Lo que le asegura al preso una imperturbable (y cómoda para un tirano) indefensión del detenido.

  Es imposible así encontrarte una defensa que te parezca adecuada, aunque te visiten (los que puedan) los familiares. Ellos no sabrán lo delicado de tu caso, no podrán, por lo tanto, ayudarte adecuadamente. Los costos de desplazar a un abogado muchas veces son “cósmicos” para la gente pobre, mayoritaria en las cárceles. Se cae así en una trampa legal, de la cual no existe salida. Lo curioso es que al practicar una tan leonina política, aun se sorprenden al encontrar en las cárceles teléfonos móviles. Y cuando aparecen los teléfonos móviles, aparecen los inhibidores de frecuencias. Los inhibidores, aunque son cancerígenos en el tiempo (que es otro aspecto que alguien debería enfrentar) son necesarios e imprescindibles para los funcionarios y políticos, porque si no, los teléfonos revelan la miseria con la cual un ser humano maltrata a otro ser humano. Vienen a rescatar al oficial del apuro en el cual les pone una confesión así (por lo habitual, hecho por teléfono móvil a familiares). Realmente la ocultación de pruebas o proliferación del delito por parte del preso son la excepción raramente penetrada en la regla y la regla es que el preso comunica por el teléfono móvil con su familia; el teléfono adquiere así el papel de descarga psicológica. Su otro papel sería la defensa: en Ucrania –ya lo dije– al preso se le incomunica brutalmente. Son, por lo tanto, los inhibidores, junto con los cacheos continuos, la ocultación del crimen oficializado y legalizado, del crimen contra el presidiario, del crimen gubernamental que controla este tipo de esclavitud.

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Trampas del sistema

    En la prisión de cumplimiento las llamadas telefónicas se hacían con instancia previa, una vez a la semana. Desconozco cuál es el nivel de inteligencia necesario para entender que con esta misma limitación empujas al preso hacia el delito (comprarte un móvil a escondidas), delito interno menor en este caso, pero delito en prisión significa perder todos o casi todos los beneficios penitenciarios. Con otras palabras, te hacen una trampa y te empujan hacia ella. Pero aún más miedo se tiene a los teléfonos móviles con cámara. Y aquí la explicación es fácil: las cámaras video vienen a ser testigos de los desmanes perpetrados por los carceleros y autores de este tipo de esclavitud. Aun así, lo que más molesta a los funcionarios es que el teléfono descubre sus hazañas, es, por lo tanto, también una molestia psicológica.  Lo que ocurre en la cárcel, quieren que quede en la cárcel.

  Volviendo a las cárceles de cumplimiento, les especifico que el correo se lee al salir por un funcionario y, si escribes en otro idioma, es más que probable que tu correo no llegue a ningún lado. El miedo de que el mundo averigüe todos esos desmadres legalizados se hace patente. Pero este miedo les ayuda a perpetuar el sistema penitenciario que les beneficia en todos los aspectos. Los trapicheos internos que ocultan las cárceles ucranianas no quieren ser descubiertos. Lo que haya detrás, mejor dicho, quien haya detrás, es mejor no averiguarlo. Unas preguntas así traerían la muerte o, al menos, el empeoramiento regimental seguro, según “la suerte” tira sus dados.

esclavitud legalizada

Cacheo y frio: para que no te distraigas

  Cuando se va al trabajo existe el cacheo general (cada día) no vaya a ser que te traigas té para calentarte, o café para recargarte las pilas y distraerte en chácharas. Sólo tienes derecho a trabajar, nada se permite que pueda distraerte. Ni leer. Antes de comer, cacheo, después, cacheo, al salir, cacheo. El control ha de ser absoluto. El preso tiene que saber que todos sus movimientos se siguen y controlan. Cuanto me gustaría tener como compañero de sufrimiento a Michel Foucault y a otros de su calaña. Me gustaría que sientan lo que ocurre en un alma humana cuando es “vigilado y castigado” (su obra “Vigilar y castigar”, obra que ha tenido un fatídico impacto sobre el sistema penitenciario de todo el mundo y que ha hecho de los funcionarios penitenciarios lo que son hoy en día, aunque la culpa siempre está dividida).

cacheos

Porque cacheos

  Los cacheos, en realidad, no tienen tanto papel efectivo, sino psicológico. Es la exhibición del poder, la intimidación oficializada. No se dan cuenta de que el cacheo, indirectamente, es la declaración de la desconfianza. Es como decir: no nos fiamos de ti, eres malo…

  El comportamiento con el detenido no es solo vejatorio, es simplemente desconsiderado, es decir: “no sois personas, para nosotros sois bestias”. Ahora entiendo al Nietzsche en su “Así habló Zaratustra” cuando observa que tratan al preso como malvado y, al final, lo convencen de que es así. Luego, el presidiario se comporta en consecuencia. Hemos de ser humanos para no entender que creamos nuestras maldades y las perpetuamos con nuestra propia mano.

  No soy tan original diciendo esto, Tolstoi habló de ello en su obra “Resurrección” y lo confirmaron otros pensadores, tiempo más tarde. Por otra parte, y en otros aspectos del mismo problema, está la cuestión de la dignidad humana: “… en la dura lucha por la supervivencia (el preso) puede olvidar su dignidad humana y ser poco más que un animal, tal como nos ha recordado la psicología del prisionero en un campo de concentración” –nos dice Viktor E. Frankl, el escritor y psiquiatra (el autor de la logoterapia), quien pasó por uno de los campos de concentración más crueles. Puede que la comparación sea algo exagerada, pero el efecto sobre el preso es el mismo. El aborregamiento en este lugar tenebroso es hiper-percibible.

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El miedo y su matar del espiritu

   El miedo –endémico para este sitio – está grabado en la taciturnidad de los prisioneros, en su aceptación casi bovina – producto de largos años de lavado de cerebro intramuros–. El régimen que pusimos como ejemplo lleva años de despotismo, despotismo literal, nada de figurado (en Járkov y Dnepropetrovsk dicen que aún es peor, pero existen muchos más centros de la esclavitud por todo el territorio de los países exsoviéticos). Y el despotismo atrae depresiones y tristezas. De Cervantes sabemos que las tristezas convierten a hombres en bestias (“Las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias” –dice la cita); pero las bestias, aunque sean taciturnas, llevan por dentro odio, es el odio hacia el régimen de servidumbre. “Leves las penas se expresan, grandes se callan” –nos enseña Séneca. La mezcla de odio y miedo es una bomba de relojería, pero sin fijarse el tiempo de explosión. En ningún lugar se crea más odio y vil intención que en las cárceles, pero si el régimen, además, es déspota, el odio se multiplica por mil. He oído hablar a presos sobre su disponibilidad hacia actos terribles, pero es justo por el odio que profesan al mundo. El odio, al final, vence al miedo. Y cuando el preso vuelve a la sociedad y acomete terribles actos, el mismo mundo para estupefacto y se sorprende: ¡Qué bestia!, sin pensar que se hizo bestia en el inframundo llamado prisión. Es un asunto que me encantaría explicar al mundo (no tan sucintamente como aquí).

  En dictaduras así las corrupciones (también estoy en contra de la corrupción) son una bocanada de aire fresco y libre, pues ¿quién es el guapo que, asfixiándose, no se compraría una bocanada de aire? Los remordimientos, en casos así, desaparecen casi por completo en estas situaciones. Pierden su sentido.

  En cuanto al efecto que tiene un régimen semejante de esclavitud mental sobre el alma humana, el filósofo inglés John Stuart Mill decía que “una educación general del Estado es una mera invención para moldear al pueblo, haciendo a todos exactamente iguales… establece un despotismo sobre el espíritu” (su obra “Sobre la libertad”). A su vez, Erich Fromm, en su maravillosa obra “El miedo a la libertad” consideraba que “El vivir por tiempo un tanto prolongado bajo la constante amenaza de la destrucción produce ciertos efectos psicológicos en la mayoría de los seres humanos: el espanto, la hostilidad, la insensibilidad, el endurecimiento del corazón y la consiguiente indiferencia para todos los valores que más amamos”. Sobran los comentarios.

  El arriba mentado Viktor Frankl decía que la ley imperativa del instinto de conservación es no destacar. En estas condiciones, se vive para salvarse. Luego de Vasili Grossman sabemos que “la extrema violencia puesta al servicio del fascismo fue declarada –junto con la esclavitud, hablando de los campos de concentración– como el “único bien verdadero” y que se llegaron a declarar los crímenes cometidos como la más alta forma de humanitarismo”. Estas palabras me parecían algo grandilocuentes anteriormente, pero viendo este lugar escondido al mundo, comprendí la gran plasticidad del sentido común humano, que puede ser desnaturalizado y remodelado al capricho de seres difícilmente llamados humanos. Ahora creo plenamente en la fuerza más terriblemente tenebrosa del alma humana, que supera con creces a cualquier animal. Los cielos estarán crispados.

 Ante estos hechos la historia nos enseña –con facilidad y holgura en movimientos– que la lógica puede ser muy flexible y maleable, tratándose de nuestros propósitos. Es muy difícil entender, por ejemplo, qué gen de la maldad impide a un ser humano dejar tener una radio portátil a otro ser humano, o un cd-player, por ejemplo, aunque aún más difícil es entender por qué se prohíben unas gafas de sol a una persona, o ropas de color, o muchas más cosas, que ahora rechazan caer en el pensamiento (será por alguna emoción turbadora, difícil de describir con palabras). Son preguntas normales que carecen de respuesta en este lúgubre lugar.

  Las gentes de aquí tienen su sentido de la realidad completamente mutilado y, aunque se oyen constantes murmuraciones, difícilmente saben darle nombre concreto. El sentimiento y la frustración se quedan en negativas emociones que establecieron su casa en el cerebro. Se sienten en el aire, pero no se saben concretar en palabras. Orwell afirmaba que “se les concede libertad intelectual porque no tienen intelecto”. Es como una canción de odio que nunca llega a completarse, ni contarse. La verdad llora aquí porque no sabe encontrar palabras: por falta de educación, por ser de otros medios y, muchas veces, por no entenderse siquiera a sí mismo.

el infierno

El infierno

  Al final no pude templar mi fe en el infierno, el infierno que los humanos tan bien sabemos ingeniarnos. El infierno está aquí, en la tierra, lo desencadenamos nosotros, los llamados seres humanos.

  Es realmente verdad que el mejor escondite está delante de tus ojos. En Rafalovka como ciudad que representa gran parte del mundo y sus sus variantes de esclavitud moderna, al igual que en otros centros, venían comisiones oficiales, tras otras comisiones, y no veían las atrocidades cometidas porque, básicamente, no pueden verlas (si dejamos la corrupción de lado). Y no pueden verlas, instintivamente, por el oculto deseo de no querer verlas. La orden de no ver puede venir del subconsciente, porque de otro modo “minando” la conciencia, pues las comisiones penitenciarias están implicadas en toda la trama; detrás está el miedo subliminal de estar haciendo daño a la gente. Detrás está el rechazo de creer ser, una vez más, parte de un mini-totalitarismo minuciosamente dirigido, inteligente y frio…

  La hipocresía que encubre todo este tipo de “garito” gubernamental se puede percibir por cómo trataban hace tiempo a la líder de la oposición de entonces. Aposentos de lujo, hasta para un extramuros; para un preso común el lujo que rodeaba a la líder era, simplemente, indecente. Era como decir: vosotros, los ciento cincuenta y cinco mil restantes presos, sois animales, y debéis vivir como tal. Nosotros, los políticos, cuidamos los unos de los otros y nos tememos uno de otros, pero vosotros debéis vivir en la miseria. Al preso, enmudecido por la rabia, delante de la televisión y viendo el patético juego, le queda sólo murmurar maldiciones y la esperanza de que haya un Dios que lo vea y que lo acabe de una vez por todas…

esclavitud moderna

La esclavitud bajo la escusa de la disciplina

   Antes de terminar de describir la forma de esclavitud moderna, diré un par de palabras sobre lo que ocurre en el invierno, por ejemplo. Las temperaturas en los dormitorios quedan entre +8º y 10ºC. Elocuente sería la respuesta de un oficial, cuando fue preguntado sobre las bajas temperaturas de los dormitorios: “Ya te calentarás en tu casa –contestó– que aquí no estás para esto…”

La corriente eléctrica para aquéllos que se quedan en el módulo (los que no salen a trabajar: desvalidos, enfermos, trabajadores del módulo) se apaga desde las 8:00 hasta las 17:00, incluso hasta más tarde. La explicación no es el ahorro, sino que es una técnica para presionar a no quedarse en el módulo e ir a trabajar. A los oficiales les molesta que algún “remolón” se ponga a ver la televisión, o se haga un té, cuando en su realidad, en su concepción: “es que cada maromo tiene que currar” –discúlpenme el vulgarismo, pero es una reproducción literal.

En un alarde de cinismo, en los habitáculos de supuesto “recreo” cuelgan los cuadros del poeta nacional (Shevchenko) junto al del presidente del país (por aquel entonces era Yanukovich). Observé este detalle estando en cuarentena (3 semanas), justo antes de que aparecieran las famosas “máscaras” (el equipo de intervención). Aparecen de modo especial cuando estás en cuarentena. Es una demostración de fuerza, para romperte el carácter desde el principio. Se ponen en dos files y el preso pasa entre las filas. Cada “máscara” le proporciona al presidiario una porra, en los riñones, la cabeza, da igual. Este espectáculo se llama “el pasillo”…

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  Los cafres, en realidad uno de ellos, con su cara oculta (también por cobardía, de ahí su apodo: las máscaras), llevan un palo con pinchos alrededor. Al final del palo, el chisme tiene un mecanismo que lleva un cable metálico grueso y, desde el lado opuesto, el “máscara” lo puede apretar. Es para enganchar al cuello, o en las manos, de los presos “desobedientes”, igual que a los perros rabiosos. Se usa para mantener al preso quieto, mientras los otros lo revientan a porrazos. El espectáculo no tiene desperdicio, disculpen la cruel ironía…

  Estos métodos sirven aparentemente para inducir al presidiario a un “estado de disciplina” que propicie la esclavitud. Los burócratas de mentalidad estéril no pueden entender que la disciplina es buena y sirve a su propósito si es producto de libre elección. Vamos, por ejemplo, al ejército porque creemos que serviremos a la patria (aunque no sea así). Vamos al trabajo y nos sometemos a la disciplina, porque creemos (o nuestros jefes lo creen) que así el trabajo será más eficiente. Pero una disciplina impuesta a la fuerza sólo sirve para desobedecer. La naturaleza rebelde del hombre la demostró la Biblia, la literatura clásica, la historia, la filosofía (Albert Camus lo expuso mejor que nadie en su “El hombre rebelde”) y también la psicología. Esta añeja realidad no puede llegar al entendimiento mecánico de los burócratas ucranianos (y no sólo ucranianos), simplemente, supongo, porque no aparece en ningún manual de composición soviética y post-soviética, es decir, estas simples verdades no vienen en los manuales oficialistas dirigidos en contra de la naturaleza humana. Explicar esta fácil realidad a un oficial te puede llevar de cabeza a un lío de “alta intriga y baja consistencia”. Que un preso exponga su opinión no está “bien visto” en ningún lugar de este triste mundo (los motivos son puramente psicológicos), y menos en Ucrania.

Cuando se trabaja en la cantera, una nube densa de polvo oscuro y dañino para la salud envuelve el lugar, ya de por sí mismo tétrico. Por la toxicidad de esta nube, por supuesto que ni te pagan, ni te compensan. Los que salen de aquí después de varios años tienen la muerte medio impresa en la frente. Es el pálido del siglo de la ciencia, que esclaviza al prisionero de las circunstancias nefastas, es enfermedad metida en los huesos, pólvora en las carnes.

Por lo demás, al trabajo en Rafalovka se sale sí o sí (a no ser que pagues, que esa es otra historia interesante), como debe ser en una capital de la esclavitud. Si rehúsas salir, te llevan a la portería, un sitio llamado “vajta”, donde como conté al principio te esperan unos oficiales bien instruidos sobre el juego del “bueno y el malo”. Primero, para empezar, el “malo” (o los malos) te reciben a porrazos, de “entrante”, después entra “el bueno”. Te intenta convencer de que puede “arreglar los asuntillos” y que quiere “llevarse bien” contigo. Te explica que tienes que trabajar porque “todos trabajan”. Si no funciona, estarás contra la pared (llueva o haga sol) todo el día. Manos contra la pared. Si por lo noche aún no estás convencido, a la mañana siguiente todo se repetirá igual. Y así días, semanas, a veces meses de tortura. Hasta que cedes… Si no cedes, te meterán en aislamiento por un mes. O empeorarán tu régimen de detención, con lo que llaman “dpk” donde sólo se sale a la luz del día una hora al día. Y habrá muchas más restricciones, controles, cacheos, aparte del hecho de que serás diana para las provocaciones bien dirigidas y minuciosamente manipuladas en tu contra. La maquinaria inteligente y fría del régimen te molerá, poquito a poco, hasta que no aguantes más. Hasta este momento han “roto” en esta prisión a todos los opositores. De un modo u otro. ¡Y se cuenta que eran decenas, cientos! Gentes que han sido desmanteladas en su alma, porque sus tiranos son profesionales para encontrar brechas por donde escabullir el terror dentro del espíritu humano. Son los KGB de antes, sólo han cambiado su disfraz. Ahora sostienen que protegen la seguridad del Estado. Pegar, humillar, remitir a regímenes más estrictos es su arma favorita, aunque se han dado casos de muertes. Elocuente sería el caso de una prisión llamada “Manevichi”, donde pegaron a un preso hasta asesinarlo, con ensañamiento. A los culpables esta vez se les castigó porque el interfecto tenía a un pariente en la SBU (servicio secreto del país), una de las potencias principales de Ucrania, siempre afín al régimen gobernante.

  No es ningún heroísmo contar todo esto. Es, simplemente, que una persona que vive en semejantes condiciones no aprecia ya la vida. Los presidiarios llevados al límite son capaces de cualquier acto. “Solo se está intranquilo mientras aún se tienen esperanzas”- decía Herman Hesse. Muchas veces, cuando observaba por la televisión que algún que otro país quiere “apretar las tuercas” aún más con las condenas duras, me ahogo en hiel y amargura. Semejantes ignorantes políticos no tienen ni la más remota idea de lo que están desencadenando, porque un hombre llegado a la desesperación, y que se ve amenazado de volver a la cárcel de por vida, o simplemente, de ingresar a la cárcel por largo período, pues una persona así es capaz de cualquier atrocidad, por alocada y necia que sea. He de añadir que a mi modesto ver las condenas duras son la expresión de la impotencia de gobernar. El mundo posee una instintiva presunción de culpabilidad contra los presidiarios, sin entender que hay en ello una justificación oculta en el subconsciente y que, de este modo, es más fácil vivir, sin sentir aquello de “todos somos culpables por todo” de Dostoievski. Pero este es un tema extenso…

Son campos de trabajos forzados –directa e indirectamente–, son los antiguos campos de concentración nazi, o los gulags de Stalin. Sólo que adquirieron su forma de esclavitud moderna y tienen el respaldo de la ley. ¿De qué sirven los nuevos códigos penales, leyes de enjuiciamiento o la misma constitución si en las prisiones se practica la esclavitud? Sólo que la esclavitud está revestida en ropas nuevas y se ha vuelto sofisticada, compleja, inasible para una comprensión simplista.

“Aquellos que luchan por su propio bien, tratan de presentarlo como el bien general.” (Vasili Grossman, Vida y Destino)

esclavitud

Post Scriptum:La noche, o madrugada ya, que escogía fotos de internet para este artículo (09.02.2017), por casualidad di con un video de youtube en ucraniano datando de 2016. En él una valiente periodista consiguió pasar adentro de algunas cárceles rojas, entre ellas la 76 en la que estuve por 3 años (donde compuse este artículo). Dejo el enlace del video abajo, aunque una pena que este en ucraniano. Intentare ponerme con el canal de televisión en contacto para poder traducirlo a español. En este video aparece el “reyezuelo” que esta mentado arriba y cuyo nombre es Kolombet Vladimir Aleksandrovich (en el video contesta bordemente a la periodista, cuando esta grava en la tristemente famosa “kolonia 76”, Rafalovka). Dudo mucho que le han echado de su puesto, pues en mi tiempo interpuse quejas y denuncias hasta en la administración del presidente actual, pero no ocurrió nada. Pues los hilos llevan a Kiev, y aunque no creo que el presidente se beneficia de ello, por lo menos creo que lo sabe. Y lo calla. Como todos de hecho.

 

El video mentado: https://www.youtube.com/watch?v=G9h5CRutChA

Mi obra principal: https://libronegrodelascarceles.pensadores.live

Blog: https://pensadores.live                                                     Viorel Tsiple

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