Кодировка Las máscaras que nos ponemos
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Las máscaras que nos ponemos

Que son las máscaras que nos ponemos

unas mascaras que nos ponemos
las mascaras que nos ponemos

Pero que son las máscaras que nos ponemos!? ¿Cuánto se podría hablar de esas mascaras que nos ponemos? Pero nosotros no daremos definiciones porque lo hicieron mejor otros. Jean Paul Sartre decía por ejemplo que “los que viven en la sociedad han aprendido mirarse en los espejos tal como los ven sus amigos” y Salvado Elizondo que “nadie se disfraza de algo peor que de sí mismo”. Oscar Wilde añadiría que el castigo de llevar una máscara es no poder quitarla y convertirse en mascara.

A lo largo de la historia los inalterables espíritus de la sociedad decidieron, – por separado o por unanimidad (la historia calla este detalle), – la “inalienabilidad indiscutible” de la estructura de nuestra sociedad, de modo que el “inadaptado” que no lleva una mascará que nos ponemos los otros, si quiere vivir en su medio, tendrá que ajustar conductas, dirección hacia los llamados “normales”. Una vez llegado a estos estándares tendrá que portarse según los cánones de la eficiencia social rezan, despojarse de su personalidad (a lo Hermann  Hesse), desnudarse de lo espontaneo si es necesario. Así será declarado socialmente valioso.

Los normales

Al otro cabo de esta dicotomía “razonablemente” dividida por la psicología de la sociedad, están” los normales” cuales mayoritariamente están apartados de sí mismo, despojados casi de su yo para transformarse en “razonablemente aceptados” y socialmente “útiles y eficientes”. No son pocos los que tuvieron que ahogar su personalidad y ponerse unas mascaras aprobadas socialmente y que a veces parecen hasta originales.

Un espíritu de la “libertad psicológica” social llamado Erich Fromm sostuvo en una de sus obras maestras (El miedo a la libertad) que el “inadaptado”, al no poder exteriorizar su verdadera personalidad por la vía de creación u otras vías, creo una “vida de fantasía” (es decir, para salir de la máscara que nos ponemos), en donde poder desahogar su explosión interior, y que desde el punto de vista de los valores humanos, este último esta mucho menos alienado de sí mismo que el “normalito”, el cual a su vez ha perdido casi toda su personalidad bajo las máscaras sociales. Este mismo “espíritu” subraya luego que el camino del abandono del yo, nunca volverá a unirlo con el ambiente de la misma manera en que estuvo antes de emerger como individuo, pues el proceso no puede ser invertido. Los individuos que se ponen las máscaras serán reducidos a actividades de carácter automático o compulsivo. Sus personalidades, siempre latentes, prontas a explosionar por algún lado o condenadas a vivir cercenadas, la vía espiritual siendo entonces su única vía de escape. Pero por allí salen pocos…

Las mascaras que nos ponemos y el egoísmo

Pero existe además un egoísmo enfermizo detrás de toda mascara de solemnidad, un ferviente deseo de mejora del yo basado en insatisfacciones de orden personal, lo que además es un papel que la mayoría de estos individuos; – con máscaras que todos nos ponemos, – aceptan con fingido esmero. Existe, al parecer, una energía psíquica, resultante de este papel de las máscaras que nos ponemos, de la cual come el ego. Muchos son ya adictos a esa energía, a este rol social. No sabrían vivir de otra manera. La imagen de la máscara creada ya es tuya y cuando estas identificado con el papel, confundes las conductas con quien eres de verdad. Y te lo tomas muy en serio. El hecho de que haya otros como tú te proporciona, de propina, la seguridad ansiada. Por lo tanto, no te preocupa que tus relaciones han llegado a ser inhumanas, alienantes o inauténticas, porque ya estás perdido en ti mismo, en tu mascara. Las explosiones intermitentes de una bondadosa espontaneidad rutinaria son meros destellos de una conciencia apagada, rescoldos de una bondad juvenil.

Lo que creíste a lo largo de los últimos años ha creado emociones, emociones que sientes vivas y que jurarías que son de veras. Convencerte de lo contrario es una hazaña casi de épicas. Los aires de suficiencia son ya tus aires. Ya eres la máscara. El resto de incertidumbre se descarga por vicios.

La necesidad de obedecer y las mascaras que nos ponemos

Una conocida voz de la literatura clásica (Hermann Hesse, premio nobel en 1946) declaro: “Obedecer, es como el comer y el beber. Quien se ha visto privado de ello por largo tiempo, ya no encuentra nada mejor. Quienes no quieren responsabilidad, ni pensar por cuenta propia necesitan y exigen caudillos.” La relación con las máscaras que nos ponemos es evidente. En otra ocasión, hizo referencia a los cargos y sus máscaras en trabajo: “Cada ascenso en la escala de cargos no es un paso hacia la libertad, sino hacia una nueva atadura. Cuanto más grande el poder que le corresponde a un cargo, más duro el servicio. Cuanto mayor la personalidad, más ilícito la arbitrariedad”. De este modo, tienen que llevar estas pesadas cargas a diario, aparte de la carga de mascara profesional. Como son máscaras y se mienten a si mismo por demasiado tiempo, se mueren por dentro. Solo les quedan las satisfacciones sensoriales y lo saben. Así que los aprovechan. El resto importa poco.

Existen otros seres humanos que se ocultan bajo unas mascaras sofisticadas por timidez, para ocultar su ser soso o necio. Así llegan a ser mascara, una máscara barroca.

El bien siempre va ganando?

Un aspecto curioso es que las peores máscaras de la maldad que nos ponemos son las mascaras de virtudes y no faltan clichés en este sentido. Os contare una alegoría de cierto folclore popular a la cual no le falta acierto: Dos chicos, – uno malo y otro bueno, – en un día cualquiera discutieron y empezaron a escupirse mutuamente. Entonces el malo acertó al bueno 5 veces, pero el bueno al malo 7 veces. Por allí pasaba un buen hombre que les dijo a los chavales que escupirse esta mal. Entonces los chicos animadamente empezaron a escupir al hombre mayor y el malo acertó 8 veces, pero el bueno le clavo 12 escupitajos, pues el bien siempre va ganando, ¿verdad?

Las gentes imponen su rigor por su máscara de castidad ética. Debajo de esta mascara esta la complacencia del amo y señor, está el afianzar de la voluptuosidad del acervo mental (que es una emoción de inquieta alegría), está la última sensualidad del inepto. Incuso su amabilidad suena a reprimenda, así lo reconocerás. No pasen por alto el brillo de sus ojos, ni su condescendencia que presenta delante tus remordimientos.

La domesticación y las mascaras que nos ponemos

El escritor mexicano Miguel Ruiz (obra “Los cuatro acuerdos”) dijo:”Durante el proceso de domesticación nos formamos una imagen mental de la perfección con el fin de tratar de ser lo suficientemente buenos. Creamos una imagen de como deberíamos ser para que los demás nos aceptaran. Intentamos complacer especialmente a las personas que nos aman… creamos una imagen de perfección, pero no es una imagen real… Como no somos perfectos nos rechazamos a nosotros mismos. Sabemos que no somos lo que creemos que deberíamos ser, de modo que nos sentimos falsos, frustrados y deshonestos. …fingimos ser lo que no somos. El resultado es un sentimiento de falta de autenticidad y una necesidad de utilizar mascaras sociales…” Con otras palabras las máscaras que nos ponemos las podemos llevar desde la infancia.

Alégrense, por lo tanto, cuando un así llamado golpe de destino, te quita las máscaras, especialmente cundo te ibas convirtiendo en mascara.

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