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No me gusta trabajar

No me gusta trabajar

no me gusta trabajar
“No me gusta trabajar – a ningún hombre le gusta – pero me gusta lo que el trabajo implica: la oportunidad de encontrarse a sí mismo, de encontrar una realidad propia” – decía Stephen Konrad en su inmejorable obra “El corazón en las tinieblas”. Sabemos que la palabra “trabajo” proviene de trepalium, que supuestamente era un instrumento de tortura formado por tres palos. Los romanos llamaban el trabajo con la palabra pena. Arbeit (alemán), travail (francés) y también labour indican de igual modo esfuerzo, tormento, dolor y nos explica en parte porque la gente desde antaño ya decían: no me gusta trabajar. Acordémonos que según la Biblia Dios impuso el trabajo en la tierra como uno de los castigos por el desobedecer.
Al día de hoy pocos, muy pocos, pueden presumir del hecho que están haciendo aquello que les gusta hacer, pues por lo general nos guiamos o por objetivo material o de estatus. Eso por no hablar de la esclavitud de todas las “especies”, presente en la gran parte del mundo. Él no me gusta trabajar en realidad es una historia antigua, que conoce su apogeo en día de hoy, cuando miles de inventos e ideas “útiles” han de ser realizadas “a fuerza”, básicamente porque la gente están empujados detrás por la tan alabada competencia (intente desenmascarar este concepto en mi libro). 

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Grandes clásicos del pensar universal

      Pero veremos para empezar que es lo que pensaban a propósito de “no me gusta trabajar” algunos gigantes del pensamiento mundial. Nietzsche, a modo de ejemplo, se preguntaba porque dejarse explotar por un salario. En su obra maestra “Así hablo Zarathustra” subrayaba: ´Todos vosotros que amáis el trabajo salvaje y lo rápido, nuevo, extraño,- os soportáis mal a vosotros mismos, vuestra diligencia es huida y voluntad de olvidarse a sí mismo”. De Freud, a su vez, se puede deducir que uno de los oasis de los problemas humanos es el hecho de que la mayoría de nosotros estamos obligados a trabajar para subsistir. La rebelión a este hecho crea serios dislates sociales. No vayamos a ignorar al maestro Fiodor Dostoievski con su “el hombre es un ser que puede ser utilizado para cualquier cosa”, lo cual pudo dar malas ideas a algunos déspotas, soviéticos por ejemplo. Este gran genio de la literatura mundial se sorprendía (en su “Recuerdos de la casa muerta”) de la monotonía de los encargos de trabajos en la cárcel, una monotonía que por lo general lleva al desprecio del trabajo, pues parece que no existe un modo más seguro de hacer aborrecer el trabajo que obligar a alguien a trabajar (especialmente si es gratis), como en los imperios de toda la historia y en los totalitarismos, o como en muchos imperialismos. De este modo podemos entender el “no me gusta trabajar” no solo de muchos presos, si no de muchas más personas. Posiblemente una prueba aún más concluyente seria que los esclavos negros que fueron obligados a trabajar transmitieron este aborrecer a generaciones futuras, cuales en algunos casos aún se rebelan en contra de tal violencia, sin entenderla muy bien de hecho.aburrimientoTrabajar aburre?     

     Por otro lado, Arthur Schopenhauer, fue probablemente entre los primeros que ahondo en nuestro ser lo suficiente para darse cuenta que nuestra existencia debe ir paralelamente con nuestra esencia. De lo contrario, el trabajo nos aburrirá de muerte y es cuando surge este “no me gusta trabajar”, pues la labor que no coincide con nuestro ser tiene aún peores efectos. Mirando desde otro ángulo a uno de estos aspectos, nos daremos cuenta que obligar a una persona que efectué los trabajos impuestos se acerca en sensación a la de ser pagado en el alma con dinero falso. Este mundo ya parece que no tiene solución, pero a lo mejor tiene sentido aliviar el sufrimiento de algunos seres humanos ayudándolos entender y hacerles independientes del impuesto pensar dominante social, aunque esto sería harto difícil. esclavitudLa desesperación silenciosa 

     Simone Weil (obra “La condición obrera”), describió muy bien el grado de agotamiento del obrero fabril y su desesperación silenciosa en cuanto a la racionalización del trabajo. Este observo que la condición obrera es dos veces inhumana, privada de dinero una vez, y de dignidad luego. Subrayo que un trabajo por el que uno quiere interesarse, un trabajo creador, aunque sea mal pagado no degrada la vida. La producción industrial no ha hecho nada esencial para la condición obrera porque el principio de la producción y de la organización del trabajo es no solo extenuante, sino mucho más. Sin ser de izquierdas debe recordarse lo que Carlos Marx decía al respeto: “Un ser no se considera a sí mismo independiente a menos que sea su propio amo y solo es su amo cuando debe su existencia a sí mismo. Un hombre que vive de los favores de otro se considera un ser dependiente”. Su preocupación fue la liberación del hombre de un trabajo de tipo tal que destruya su individualidad y del que tarde o temprano se concluye en “no me gusta trabajar”, del que lo transforma en una cosa y lo esclaviza a las cosas de su propia creación. Quiso liberar al hombre de la cosa, sin intuir que al hombre entonces lo esclavizara algo peor: otros hombres representando totalitarismos o capitalismos de toda especie.la liertad

La libertad

Erich Fromm en su momento explico algunas de las necesidades impresas en nuestras almas: “Las necesidades inherentemente humanas son la libertad, la igualdad, la felicidad y el amor. Si esas necesidades quedan insatisfechas, ellas se pervierten, convirtiéndose en pasiones irracionales, como el ansia de sumisión, poderío, destrucción y otras por estilo. En muchas culturas esas pasiones irracionales son las principales fuerzas impulsivas, pero solo pocas sociedades admiten abiertamente que desean la destrucción o la conquista. La necesidad del hombre en creer que esta movido por impulsos humanos y constructivos es tan grande, que hace que siempre disfrace (para sí mismo y para los otros) sus impulsos más inmorales e irracionales, haciéndolos aparecer como nobles y buenos.” La pregunta que nos haremos entonces es: ¿de qué libertad podríamos hablar en estos casos?no me gusta trabajarFormación sin corazón y porque no me gusta trabajar

Aparte de las coyunturas personales y la pobreza de posibilidades a los que estamos expuestos, lo verdaderamente corrosivo para el alma humano es que no estamos haciendo lo que nuestra esencia nos pide, lo que corresponde a nuestra naturaleza, vamos, lo que Hermann Hesse llamaba “formación sin corazón” (la que concluye diciendo no me gusta trabajar). Este hecho nos es especialmente doloroso, aunque seguimos la corriente general y los dictados de las circunstancias que más nos favorecen, o al menos así creemos. No podemos desasirnos de lo estable. Nos falta voluntad y vale la pena recordar otra cita de Hermann Hesse: “La verdadera formación no es formación para un fin, sino que, como todo anhelo de perfección, tiene sentido por sí misma.”

Por lo demás, encontramos trabajos que no nos corresponden, que nos lo inculco el anhelo de ser el mejor, la avaricia, la familia, los vecinos, la sociedad, la ocasión y no en último lugar nuestra indecisión. Al no coincidir con nuestra personalidad, al no darse uso a la creatividad interna: nos rebelamos, esquivamos, remoloneamos, robamos de un modo u otro, o nos movemos por el esfuerzo mínimo. Eso aun sin mentar lo que subrayo el filosofo holandés Edmund Burke en su obra central que dedico a la belleza (De lo sublime y lo bello), y donde nos advertía sobre los efectos del trabajo prolongado (cuando nos refugiamos de una vida que no tiene sentido): “…se deduce de que un largo ejercicio de las facultades mentales provoca una gran lasitud en todo el cuerpo, y por otra parte, de que el gran trabajo corporal o dolor debilita y algunas veces realmente destruye las facultades mentales.” Quien ha vivido o vive en países menos desarrollados entiende especialmente bien la última parte de la oración y porque muchos de allí piensan “no me gusta trabajar”.avaricia

No somos personas, somos medios

Ya el gran filósofo Immanuel Kant en su tiempo observo que las personas por aquel entonces ya eran medios de enriquecimiento y como seres humanos no significaban nada. Se refería a principios de la revolución industrial, cuando el trabajo ya no suponía pericia como antes. El progreso tecnológico en vez de traernos más tiempo libre, nos trajo despidos a los cuales contribuyeron las máquinas y el know-how. Reproduciendo un pensamiento de Bertrand Russell, si por ejemplo, por algún ingenio de la productividad, más automatizado o mejor pensado, producimos el doble de sillas y se ha llenado la necesidad, no pensamos que pudiéramos descansar más y dedicarnos a actividades que desarrollan el pensar o la espiritualidad, sino en cómo convencer a la gente de que necesitan más sillas, todo ello en el caso de que no despedimos la mitad de los empleados, como tantas veces suele ocurrir. El concepto de obsolescencia programada confirma esta práctica de producir más para vender más. Siempre los motivos de trabajar más, parecen prevalecer sobre los de trabajar menos. Este David humano, representando a los sindicatos, pierde casi todas las batallas y se muestra ineficiente contra el económicamente pudiente Goliat, este último respaldado por las multinacionales, bancos, estados, etc., es decir, por los poderosos, ricos y su capital en general.

Aunque sobre este tema se han escrito libros y libros, si, a lo mejor ahora sé algo sobre porque no me gusta trabajar.

                                                                                                              Viorel Tsiple

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