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Seréis como dioses, el hombre y sadomasoquismo

sereis como los dioses    La promesa de seréis como dioses se encuentra por la primera vez en la Biblia y es la promesa del Diablo para con el hombre de que será como los dioses. Desde entonces el ser humano sigue intentando serlo sin parar. “Seréis como dioses” – se escucha una voz susurrante de entre los milenios. Seréis como Dios conociendo el bien y el mal nos dice la misma voz según otras traducciones de la Biblia. Según algunas versiones de la Biblia es esta la traducción, aunque según otras traducciones más conocidas (Reina Valera, King James) es “seréis como dioses”. Es la voz del Satanás y hablamos de Génesis 3:4-5. Esta voz que parece de una untuosa y cautivante vanilocuencia da la impresión de ser una unión de seducción y encantamiento de sí mismo, mezclada con una aparente desvergüenza juvenil. Es la voz de aquel petimetre desnudo del Universo,- parece decirnos algo de dentro, – una voz de aquel que pretende que no existe (la pretensión añeja del Satanás es que no existe según algunos fuentes antiguos, pues si se mostrara significaría que existe Dios, lo cual a este no le conviene, porque entonces perderían sentido muchas doctrinas promovidas por este), la voz de un insolente libertinaje que se suele confundir con la libertad, y la voz de aquel que a todo se atreve; el que trata a la baqueta la Perfección Divina que no es de su creación, el que crea belleza rechazando lo real, el primer narcisista que ante todo a si se celebra, el que siempre se quiere a si mismo más que a nadie, el que compite con el Creador, pero que no puede vencer la muerte. Al no poder vencer la muerte la sacralizo, al igual que sacralizo y sacraliza el devenir, oteando nuevas y nuevas posibilidades desde su turno Babel, y a pesar de su continuo fracaso en gobernar este mundo. Hablamos del dueño de este mundo (según la Biblia), el cizañero celestial, y el soberbio tribuno que habla vía espíritus de nociva, pero “placentera” extravagancia. Es el agorero por con la salvación y un poseedor orgulloso de un perpetuo afán de autosatisfacción; fatuo, con esa belleza que todo desprecia, todo, menos su orbe.

Modalidades de ser como los dioses

  “Transgrede y serás como uno de los dioses!” – parece decirnos esa voz milenaria. Esta que es una de las primeras grandes mentiras venía con mágica promesa. Y así sigue aún en día de hoy. En casi toda transgresión “grandiosa” intrínseca que cometemos y que posiblemente ya tenemos grabada en los genes, llevamos el anhelo oculto de ser como dioses. Perdemos la mesura y nos alegramos de ello. Así ahora tendremos puesta la vista en lo infinito, en lo dulce prometedor y desconocido, en donde los peligros no impresionan aún. Porque permanecer en la historia es de algún modo vencer la muerte para el ser humano y mantener esta mentirosa promisión de ser como dioses.

   Me acuerdo de lo que planteo Alain E. Poe: “Con la perfecta arrogancia de la razón, todos la hemos pasado por alto”. Eso decía un héroe suyo en “El demonio de la perversidad” refiriéndose a ese último. “Un móvil sin motivo, – añade y duda Poe – un motivo no motivado.” Pero ve solo el principio de motivación de la perversión: que lo hacemos porque no deberíamos hacerlo. Es decir, por una especie de rebeldía. No llega más lejos, aunque la dirección es buena: “Tan seguro – dice – como que respiro sé que en la seguridad de la equivocación, o el error de una acción cualquiera reside con frecuencia la fuerza irresistible, la única que nos impele a su prosecución.” Nos recuerda a Raskolnikov (Crimen y Castigo) de Dostoievski ¿verdad? La fatalidad materializada en no poder parar. De hecho “El diario de Pascual Duarte”, de José Camilo Cela sigue una línea paralela.

    Poe es excelente sin duda: “Además, nos consumimos de ansiedad por comenzar la tarea, y en la anticipación de su magnífico resultado nuestra alma se enardece”. Al igual que en el caso de Raskolnikov se espera la liberación, o, una especie de éxtasis y crescendo. Pero en vez de eso se desencadena el infierno interno. El anhelo de postergación luego traerá algo de alivio, pero no dura, además parece que solo es ilusión. Actuar es lo que necesitamos, por lo tanto, como lo hemos planeado, y de este modo ser como dioses.

  sereis como dioses

La mas antigua promesa y el conocimiento del bien y el mal   

   En realidad, esta historia es muy antigua y ya que una de las primeras mentiras del Satanás fue: “Seréis como dioses, conociendo el bien y el mal”, aquí está un otro gran misterio: esperamos llegar a ser como los dioses si llevamos al límite el mal y así conocer la exacta diferencia del bien y dominar el mundo. Realmente creemos que si llegamos a últimas consecuencias conoceremos el bien y el mal, y así podremos controlarlo. Entonces seremos como dioses. Quizás este es uno de los motivos porque en la Biblia se le llama al Satanás el padre del crimen. Creemos que llegando a este límite se aclarara el asunto y, una vez allí, estando al borde del precipicio, tendremos, aunque sea la última vista cuerda, estando ya en algún lugar imaginario entre el cielo y la tierra, entre la vida y la muerte, y de este modo: ¡seremos como dioses! Esta es nuestra ilusión que creemos que todo que provee, un engaño que dura desde siempre para nosotros.

Seréis como los dioses y el sadomasoquismo

   Todo esto lo tenemos reflejado hasta en nuestra sexualidad y considero el masoquismo rondando alrededor del insulto de un ego que se quiere grandioso como un dios. Pues el ego del masoquista se dice a sí mismo: “si el sadista me insulta y me humilla será que sabe qué dirección tomar en la vida y yo estoy equivocada/-o entonces. Aquello me alivia pues me sentía perdida/-o”. Entonces el que me dirige (el sádico) me gusta porque el controla los eventos y seguramente conoce los peligros. Por lo tanto, los controla. ¿Cuántas mujeres habéis oído decir que se sienten tan seguras con algún que otro hombre (lo cual no demuestra el masoquismo aun)? Pues esto conforta la psique. Además “el amo” alivia el sentimiento de culpabilidad, llevando la responsabilidad de las decisiones tomadas encima de él.

    Lo mismo el sádico hincha su ego y cree realmente tener todo bajo control. Entonces está poseyendo y arrodillando al masoquista, pues este le confirma lo que el sádico desea: ser señor de la incidencia y no notar aquello del curso tomado equivocadamente, es decir, le confirma el dulce sueño del autoengaño. Además, al sobrepasar los límites éticos y morales, – lo cual deja esta sensación de que serán como dioses, – se siente omnipotente, pues está encima del acontecimiento, donde nadie supuestamente ha estado.”

Un héroe (Durcet) de una novela de Marqués de Sade (Los 120 días de Sodoma): “No es en el disfrute en donde reside la felicidad sino en el deseo, en romper los frenos que se oponen a ese deseo.” En otra ocasión este singular y depravado personaje formulaba: “…es verdad que el crimen tiene por sí mismo un atractivo tal que ¡puede bastar para excitar todas las pasiones y para llevar a un idéntico delirio que los mismos actos lúbricos!” Se observa en el Sade, – una vez más, – que romper los limites hace sentir el placer que da la ilusión de poseer el control. En realidad, seguimos en el terreno del sado-masoquismo. Seguimos los seres humanos entonces con la ilusión de que esto nos aclarare algo más. Sade es explícito: “…ese despotismo, ese poder, esa delicia que nace del abuso con que se fuerza al débil”. Nos empotramos de frente y de nuevo, primero en Sade y luego en Hegel y otros, con las distinciones del amo y esclavo, donde el amo quiere ser como dioses al mandar y ser deseado, y el esclavo al sentirse aliviado de la carga se conforma (en Hegel además teme morir). Además, luego manipula vía sumisión y astucia.

   Sin comparar demasiado la situación del sado-masoquismo con la de la pedofilia, vemos que los pedófilos quieren perdurar (y ser como dioses) vía reunión con la inocencia y juventud (a la cual han perdido). Así guardaran la juventud y perduraran. Por lo tanto, lo expuesto encaja bien con el añejo deseo de perdurar que estamos analizando.

El poder del hombre y su afirmarse

  En Hegel la conciencia de sí, para afirmarse a sí misma, se distingue de lo que no es y así cobra lo que cree su identidad. El hombre, según Hegel, para afirmarse niega, hallando así la diferencia entre lo que es él y lo que son otros (es narcisista desde el principio). Es el deseo que puede experimentar respecto al mundo por la mediación de otros deseos que se le oponen. Necesita por lo tanto el reconocimiento ajeno, por el cual está ya dispuesto a arriesgar, está dispuesto hasta morir si hace falta (Montesquieu consideraba lo mismo en este punto) y de paso cometer crimen. De aquí en adelante habrá dos tipos de conciencias: una que acepta ser dirigida y la otra que dispone. La que dispone se deja llevada por el anhelo inconsciente de ser como los dioses y desde este punto de vista Hegel intento describir unos impulsos internos prístinos, que en realidad son más complejos. Pero dejemos a Hegel de momento y sin citar a Sade mas intentemos darle la interpretación y conjeturar sobre qué tipo de impulsos internos quiso describir.

   El amo querrá estar a la altura de los dioses. El esclavo, desamparado, desesperado y angustiado busca la protección que antes era la de Dios, pero ahora la transformo en la protección del actual amo. No la encuentra, pero se va acostumbrando a la búsqueda, perpetuando su engaño ya que es dependiente del amo. La crisis se prolonga a sí misma y encuentra alivio en el seguir adelante con la búsqueda y esperanza que casi nunca desaparece.

   Nietzsche (La vida misma – nos dice Nietzsche ya en su “Más allá del bien y del mal” – es voluntad de poder) en su “Voluntad de poder” vaticinaba la venida del hombre que quiere ser como dios, y su reino. El reino será sin moral, creando valores nuevos (que en su cosmovisión eran ya bastante ambiguas). ¿Pero que es crear valores? ¡¿No es querer ser como dioses?! Albert Camus planteo la duda en este preciso momento: “donde nadie puede decir ya que es negro y que es blanco, la luz se apaga y la libertad se convierte en prisión voluntaria”. Nietzsche, probablemente al ser confuso en este preciso instante, encuentra una solución que contiene quizás lirismo y sarcasmo, pero nada más: “Damocles nunca danza mejor que bajo la espada”. Abrió el camino a los totalitarismos que crearán sus propios valores, valores que servirán de autojustificación, y añadidas a las circunstancias favorecedoras, además, serán carga explosiva.

    El hombre, sumiso a lo inevitable y aceptándolo, alcanza la ascesis liberadora. Hacer arte de la fatalidad resulta hasta exaltante, y puede ofrecer alivio aparte de sentimiento de control, tan ansiado por el hombre con pretensiones de divinidad. Podemos observar este fenómeno en la violencia de género. El hilo conductor del razonamiento en este caso sería aproximadamente el siguiente: si nuestra pareja nos engaña (por ejemplo) y tiene por lo tanto, secretos fuera de nosotros, significa que no la poseemos como creemos que debemos poseerla (creencia social). Aunque esta posesión significa muchas veces aburrimiento posterior y pérdida de interés, la preferimos a la pérdida de control. Me repito: queremos poseer y controlar la situación y así resuena ese seréis como dioses en nosotros, pues lo opuesto nos angustia. Lo imprevisible nos desespera, pues nos damos cuenta que no controlamos los eventos para nada, y estos nos pueden golpear en cualquier momento. Es más, aunque no estemos en el conocimiento cierto de todo eso, el miedo puede ser intuitivo y llevarnos a depresión.”

Sentirse como los dioses y la delincuencia? 

   En resumen: a mi particular interpretar de la Biblia, el primer delincuente humano fue Eva, segundo Adán. Ambos quisieron sentirse como dioses. Esto está claro. Ella era la primera que pudo notar el efecto de la transgresión, pues como tenía prohibido tocar el fruto del árbol de la vida, – que era símbolo de confianza en la dirección de Dios, – lo hizo igual. Al producir la transgresión, produjo la primera maldad y pudo notar la diferencia entre el mal y el bien. Como efecto secundario se avergonzó de su acto (por eso se cubrieron cuando les hablo Dios, capítulo 3 de Génesis), pues la confianza mutua que hasta entonces existió, desapareció. También por vergüenza y el sentir de la culpa, echo la culpa Adán a Eva y está a la serpiente y a Dios, aunque solo los tres primeros cometieron delito.

   Habrá que conceder, que la vergüenza por culpa no es explicación suficiente, pues ellos aparentemente cubrieron sus órganos sexuales. ¿Por qué? Es de suponer que Eva ato al pecado también la sed de conocimiento, el misterio, la ambición y el placer sensorial. De ahora en adelante estas cualidades – intrínsecamente humanas – estarán atadas en muchos casos a la transgresión, cuando debían ser atadas a la inocencia. Están atadas al querer de ser como los dioses.

El homosexual también quiere ser como … 

   A lo mejor, quien sabe, se podría explicar así (¿parcialmente?) hasta el homosexualismo, pues el homosexual quiere sobrepasar los límites entrando en lo misterioso prohibido. Lo habitual, el acto sexual normal, le aburre. Quiere traspasar a lo arcano ilícito, lo inhabitual. En este preciso punto puede que interviene además el narcisismo: al admirarse a sí mismo, el narcisista empieza gustar de curvas parecidas, es decir, del mismo sexo. ¡Asimismo, el narcisista, por lo demás, quiere perdurar por la vía de su brillantez! Entonces será inmortal, como los dioses.

En el arte mismo esta el deseo de perdurar

  Este mismo deseo de perdurar lo encontramos en el arte. Albert Camus (El hombre rebelde) citando a Littre (Historia ficticia escrita en prosa) subraya: “El arte, sea como sea su objetivo, siempre hace una competencia culpable a Dios”. Camus menciona aquí que al hombre se le escapan los actos en otros actos “como el agua de tántalo hacia una desembocadura ignorada aún. Conocer la desembocadura, dominar el curso del rio, captar por fin la vida como destino, he ahí su verdadera nostalgia, en lo más denso de su patria”. Decía que hacemos arte hasta de la muerte, con la fútil esperanza de dominar este curso del rio. Supongo que sería oportuno citarlo una vez más: “El afán de posesión no es más que otra forma de deseo de durar; él es el que hace el delirio impotente del amor… La vida…No es más que un movimiento que corre en pos de su forma sin dar nunca con ella. El hombre, desgarrado así, busca en vano esa forma que le daría los límites entre los cuales seria rey”. Camus seguirá tratando sobre la unidad que busca el hombre, una unidad que haría la existencia manejable. Unidad que no consigue por lo que se acaba de mentar en Camus: los actos se escapan en otros actos y el curso del río que desviamos nos desborda. La reconciliación de la que soñaba Hegel – de lo singular y lo universal – en sus impulsos desordenados no ofrecen la ansiada unidad. Al contrario, ofrecen el desajuste y pugna, provenientes de lo individual. Una belleza común por otro lado sería imposible, pues entonces el arte, como lo tenemos ahora, dejaría de existir.

     La belleza muchas veces intenta suprimir la realidad, pero los gritos de injusticia volverán a exprimirse por el medio del mismo arte, por lo cual volvemos a la desunión.

Seréis como dioses en la dominación de las masas

  Pero desde la historia retumba una voz histórica que ruge a venganza cardinal, voz que una vez quemo vidas y atrajo destrucción por la fuerza del nacionalismo, pero que aún sigue siendo admirada (referencia a Adolf Hitler y su obra “Mi lucha” o Mein Kampf en el idioma original) por unos cuantos: “Como una mujer que prefiere someterse al hombre fuerte antes que dominar al débil, así las masas aman más al que manda que al que ruega, y en su fuero intimo se sienten mucho más satisfechos por una doctrina que no tolera rivales que por la concepción liberal de la libertad propia del régimen liberal; con frecuencia se sienten perdidos al no saber qué hacer con ella y aun se consideran fácilmente abandonados. Ni llegan a darse cuenta de la imprudencia con la que se les aterroriza espiritualmente, ni se percatan de la injuriosa restricción de sus libertades humanas, puesto que de ninguna manera caen en la cuenta del engaño de esta doctrina.” Es esta voz la voz que en su tiempo redujo el sentido común de las masas y de la gran parte de la intelectualidad al cero, pero que la voz les dio poder a esos de sentirse como dioses, sentirse seres quienes agarran la historia por los cuernos y le dan la dirección que quieren. Borraron de este modo el camino hacia su conciencia, regalando su yo al líder y al partido (algo parecido paso con el estalinismo, y en parte pasa en la Rusia de Putin), a la fuerza y al sinsentido.

Los delirios del ser humano

   Una otra voz histórica, la de Hermann Hesse, (clásico alemán que era gran defensor del individualismo. Obra: “Lectura para minutos”), una que es mucho más suave, individual, humanista y fluida: “Dos son las enfermedades del espíritu a las que debemos en mi opinión, la situación actual de la humanidad: los delirios de grandeza de la técnica y los del nacionalismo. Ellos dan al mundo su fisionomía y su conciencia de sí mismo, ellos nos han deparado dos guerras junto con sus consecuencias y, hasta que se desfoguen, harían madurar todavía otras consecuencias parecidas”. Luego estos delirios de grandeza, ¿no es la añeja promesa de seréis como dioses?

El hombre pocas veces reconoce de verdad sus fracasos históricos, pues aquello de ser grande le confunde. Se prefiere hasta la oportunidad de enfrentarse contra la muerte a la negación de sus razones. Así, cree que se sitúa por encima de sí mismo, y espera perdurar por los siglos, como los dioses. Hace bastantes milenios que se intenta establecerse la divinidad del hombre. Rousseau lo quiso establecer con la ayuda de su Contrato Social, pues ese, a su ver, convenía solo a dioses. Dostoievski en su “Hermanos Karamazov” mentaba el amor soñador, el que quiere concluir su hazaña ya, y que este quiere ser visto por todos mientras lo hace. Subrayo que este soñador es capaz hasta de dar su vida por su sueño, supongo que con la condición de que sea rápido y no le dé tiempo a este tomar una plena conciencia del peligro. El gran genio de la literatura sobreponía a este amor el amor activo: el amor que todo lo aguanta (el del apóstol Pablo), el amor entregado durante una vida entera, que es lo opuesto al primero, es decir al amor egoísta, el que quiere brillar una sola vez como dios, hasta brillar más que las estrellas, un brillo que de hecho suele ser más cegador que iluminador. A menudo nos acordamos de algunas nobles hazañas ajenas que han dejado grandiosos monumentos al instante de la memoria. Son instantes que quisiéramos inolvidables, pues con la ayuda del acto noble queremos tocar la eternidad y así al menos perdurar en la memoria pública. Por supuesto sin retener demasiado esta eternidad ilusoria, que al final cederá al olvido, pero esto ya no nos preocupa tanto, pues ya se obtuvo el sucedáneo de aquello de ser como dioses, para aquel que se entrega por un trozo de la historia.

Los filósofos también quieren ser como los dioses?

   Nietzsche llamo este movimiento del espíritu voluntad de poder y lo remarco en los filósofos, escritores y poetas. Lo describió como deseo, – que llega a ser explosivo, – de perpetuarse y durar en ideas. También lo argumento como el miedo a la nada, pero esto es ya otra historia (nihilismo).

      Un barroco romántico, que fue descubierto por Raymond Queneau pretende que el objeto de toda vida intelectual es convertirse en Dios – observaba Camus en su ya notorio “El Hombre Rebelde”. Tampoco faltan otros (Edmund Burke, De lo sublime y lo bello) que asocian lo sublime al poder. El arte, al fin y al cabo, es solo una expresión del poder que quiere perdurar por los siglos por lo general.

Después de todo conviene no olvidarnos de que el deseo de permanecer es la frustración de la voluntad de sentido que puede cobrar forma en la voluntad de dinero, estatus social, compensación sexual, o todo a la vez. Si servir a un futuro mundo armónico, intentando contribuir con algo. no se obtiene – por cualquier desviación – habrá que tener un otro sentido, un mundo inmediato en el cual se puede conseguir ya lo que se obtiene, y si mientras tanto se puede dominar y llegar a ser inmortal entrando en la historia, pues tanto mejor. Orwell mostro bien los extremos de tales dominaciones en su obra maestra 1984: “El poder radica en hacer trizas la mente humana para volver a remodelarla en la forma que se elija”. El ser humano quiere dominar hasta modelando las mentes, y el mejor ejemplo de ello seria los regímenes totalitarios, aunque también la democracia y otros tipos de gobernaciones. En este sentido la dominación mental se sofistico tanto que hasta las contradicciones o, usando las palabras del mismo Orwell “la fusión de contradicciones” pueden servir al propósito, pues donde todo se vuelve confuso se necesita una mano firme, que de este modo ya tiene justificados sus métodos barbaros. La tiranía en casos similares puede ser vista como solución lógica, por lo tanto, ya no duele tanto. Rousseau fue magnifico y cuerdo como nunca cuando observo que el hombre (Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres y otros escritos) está dispuesto a llevar cadenas con tal de que se le dé poder de ponérselas al otro. Añaden a esto el reconocimiento por la vía del prestigio – que se suele otorgar a los potentados “apreciando su talento” – y la explicación será aún más completa. ¿No escucháis susurrando la voz de seréis como dioses aquí también?

Manipular y ser un dios

  En las sociedades más esclavizadas mentalmente se llega a obtener un absolutismo en este sentido, a la vez que su alta sociedad al mismo tiempo se caracteriza por su aguda inclinación a los vicios y a la depravación. Son realidades paralelas que solo parecen contradictorias a una profana vista. El Estado aquí juega su papel de instrumento, que hará concesiones al sinsentido con tal de salvaguardar su influencia sobre los temores y las esperanzas de las masas. La parte más ambiciosa del publico actuara por la vía de la burocracia, que siempre buscara incrementar su poder y su dominio, y no para ofrecer la utilidad real de su oficio. Es su modo particular de dominación y control, su modo de ser como dioses. Arthur Schopenhauer hizo en este sentido una observación cuando menos curiosa: “El hombre aspira siempre a lograr un dominio directo sobre las cosas, ya sea comprendiéndolas o controlando su curso.” Igual de bien observo Bertrand Russell cuando subrayo que las dos cosas más universalmente deseadas son el poder y la admiración.”

Someter las circunstancias como Dios

  En resumen, al controlar los eventos el hombre aun quiere ser como los dioses, o quiere sentir lo que un dios siente. Para ello quiere poder, dinero, inteligencia superior para modelar pensamiento y luego inculcarlo. Pero podemos observar que por debajo persiste el miedo y la real impotencia de conseguir estas cosas, por aquello de lo imprevisto que tienen los acontecimientos. No vayamos a reiterar y veremos cuáles son los otros motivos que empujan a querer el poder de los dioses.

   Una antigua máxima de Horacio nos dice: “Lo que necesitamos en la vida es tratar de someter a las circunstancias, no someterse a ellas”, arraigada necesidad que no paramos de intentar satisfacer. Sin éxito por lo general, por supuesto que sí. Y si tomamos al delincuente en análisis, nos surge una pregunta: ¿este no quiere estar por encima de las circunstancias? ¡Porque quiere tomar el mando de la incidencia y así llegar a ser como dioses! O al menos entrar en la historia y así llegar a ser inmortal. Si echamos un vistazo a los superhéroes veremos que no solo que quieren demonstrar que son dioses, sino que el cine además intenta convencernos que el hombre puede mejorar y perfeccionarse tanto que ya no necesita a Dios.

   Ahora apartémonos un poco y escogeremos con aparente azar las ceremonias, que vienen a engrandecer y mistificar al hombre, dándole la atención que se le rendía antes de Cristo al Dios. Acuérdense también de los faraones, quienes además se tragaron aquello de perdurar en el tiempo a través de las pirámides. De aquí deberíamos dar un salto hacia los juegos de azar que en su sustancia no solo que son la posibilidad de mostrar la superioridad del intelecto, sino también un intento patético del hombre para controlar su suerte. Esto aparte de querer prever el futuro, al igual que el comercio que también quiere controlar su suerte por encima de cualquier imprevisibilidad. Llamadme exagerado si quieren, pero hasta en la traición más baja veo un íntimo deseo del hombre para dominar los acontecimientos.

El egoísmo en todo esto

   Alexis de Tocqueville – a modo de ejemplo – en su famosa obra “La democracia en América” consideraba lo que llamamos el espíritu de familia la forma que cobra el egoísmo individual. Y este último (¿porque no interpretarlo así?), quiere permanecer y perpetuarse en la memoria de este modo: en sus bisnietos. Estas tendencias son fácilmente reconocibles en muchas situaciones, pero especialmente cuando hablamos sobre el ego, que quiere perpetuarse (hasta renunciando a sí mismo según Stirner) en el utilitarismo, o en sus hazañas. Montesquieu (Espíritu de las leyes, en este caso se trata de primera parte de la obra que más influencia tuvo sobre las leyes del Occidente) en este sentido se expresó mejor que nadie: “El amor a nosotros mismos, el deseo de conservarnos se transforma de tantas maneras y obra por principios tan contrarios que, nos lleva al sacrificio de nuestro propio ser por amor a nuestro propio ser. Y tanto es el cuidado que ponemos en nosotros mismos, que consentimos en perder la vida en un instinto natural y oscuro que hace que nos queramos más que a nuestra vida misma”. Por eso adoro a los clásicos: van directo al quid de la cuestión y lo revientan en nuestras feas caras. Es broma, disculpen.

El pueblo será dios?

  Bueno e ya que hemos mentado al Tocqueville, sacaremos algunas ideas suyas más que merecen nuestra atención: “El pueblo reina sobre el mundo político americano como Dios sobre el universo”. Al día de hoy sabemos que el pueblo por lo general solo tiene la ilusión de reinar y que en realidad reinan aquellos que llevan a los pueblos adonde ellos quieren, aunque la ilusión sigue allí. La ilusión de reinar y ser como los dioses. Pero así es la democracia (al igual que los otros tipos de gobernaciones). No por nada decía Nietzsche: “hasta en la voluntad de quien sirve, encontré la voluntad de ser señor”. Los grandes, por otro lado, los que dominan a los que sirven, ya sabemos que se entregan por un trozo de la historia, y así… sobran palabras.

    La historia en este caso siempre es la misma: los que están en el poder empiezan a creerse con aptitudes de dioses y derechos universales, o históricos. Los que le sucederán, las victimas de ayer, se convertirán en tiranos, tarde o temprano, pero siempre sucederá igual (raras excepciones aparte). Y la pretensión que se usará para ello será la de proteger al individuo hasta de sí mismo, la antigua pretensión rousseauniana del Contrato Social. En este sentido Emil Cioran fue quien resulto ser muy explícito: “¿Quién se rebela? ¿Quién se levanta en armas? El esclavo raramente, pero casi siempre el opresor convertido en esclavo.” Las experiencias, deberían humillarnos para aprender y avergonzarnos de nuestros actos, pero nuestra patológica vanidad no nos deja ver. La vanidad, la cualidad esencial de Aquel que pretende que no existe.

 En resumen, la sociedad le dice subliminalmente al individuo: ¡Has de tener dinero, estatus social y potencia para poder dominar los poderes de este mundo y así ser alguien importante! Y así… seréis como los dioses!

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